10-12-2025
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.”
Romanos 12:1
Romanos 12:1
Pablo nos enseña que la adoración verdadera no son solo palabras, cantos o emociones, sino presentar toda nuestra vida como un sacrificio vivo. Esto significa que cada decisión, actitud y pensamiento es una ofrenda para Dios. La verdadera adoración transforma nuestra manera de hablar, comportarnos y relacionarnos con los demás. Efesios 4:23-24 dice: “Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” Cuando permitimos que Dios transforme nuestra mente, nuestra adoración se vuelve auténtica y visible.
La adoración que transforma no se limita al culto del domingo; se vive en la escuela, en casa, con la familia y con los amigos. Es un estilo de vida que refleja a Cristo aun cuando nadie nos observa. Filipenses 2:15 nos recuerda: “Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha… en medio de una generación maligna y perversa.” Una vida transformada es luz, y esa luz se convierte en adoración porque glorifica a Dios. Él es honrado cuando vivimos de manera diferente al mundo.
Convertirse en un sacrificio vivo implica rendirse cada día. Significa morir a nuestros deseos egoístas para permitir que Cristo viva en nosotros. Gálatas 2:20 lo expresa así: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” Cuando Cristo vive en nosotros, nuestra adoración no depende de un momento musical, sino de una entrega diaria que demuestra quién gobierna nuestro corazón. Esa transformación es la adoración más profunda que podemos darle al Señor.
La verdadera adoración transforma nuestra manera de vivir, porque cada área de nuestra vida se vuelve una ofrenda delante de Dios. Cuando rendimos nuestra voluntad y dejamos que Cristo forme Su carácter en nosotros, nuestra adoración se vuelve continua, genuina y poderosa. Que hoy podamos decidir ser ese “sacrificio vivo” que agrada al Señor.


