10-07-2026
“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”
Mateo 28:18-20
Mateo 28:18-20
La iglesia no existe únicamente para reunirse cada semana, sino para cumplir la misión que Cristo le encomendó. Antes de ascender al cielo, Jesús dejó una responsabilidad clara a Sus discípulos: hacer discípulos de todas las naciones. Este mandato, conocido como la Gran Comisión, no fue dirigido exclusivamente a los apóstoles, sino a toda la iglesia. Como miembros del cuerpo de Cristo, compartimos el privilegio y la responsabilidad de anunciar el evangelio, enseñar la Palabra y acompañar a otros en su crecimiento espiritual. La misión de la iglesia nace del corazón de Dios, quien desea que todas las personas conozcan la salvación que solo se encuentra en Jesucristo. Por eso, celebrar ser miembro de la iglesia también significa celebrar que Dios nos ha hecho partícipes de Su plan redentor para el mundo.
Comprender esta misión transforma nuestra manera de ver la vida cristiana. La iglesia no fue llamada a vivir encerrada dentro de sus cuatro paredes, sino a ser luz en medio de la oscuridad y sal en una sociedad que necesita desesperadamente la verdad del evangelio. Cada creyente participa de esta misión de diferentes maneras. Algunos predican públicamente, otros discipulan a nuevos creyentes, otros enseñan a los niños, otros apoyan las misiones con sus recursos, otros sirven en ministerios que fortalecen la vida de la congregación y muchos comparten el amor de Cristo con su testimonio diario en su hogar, su trabajo o su comunidad. Ningún servicio realizado para extender el Reino de Dios es pequeño cuando se hace con fidelidad. Lo importante no es ocupar el lugar más visible, sino estar disponibles para que Cristo nos use donde Él nos ha colocado.
Esta verdad también nos recuerda que la misión pertenece a Cristo y no a nosotros. Él declaró que toda autoridad le ha sido dada y prometió estar con Su iglesia hasta el fin del mundo. Esto significa que no servimos dependiendo únicamente de nuestras capacidades, sino confiando en el poder y la presencia del Señor. Cuando la iglesia pierde de vista su misión, corre el riesgo de concentrarse únicamente en sus actividades internas y olvidar que fue enviada al mundo para anunciar esperanza. Pero cuando cada miembro entiende que forma parte de la Gran Comisión, la iglesia deja de ser simplemente un lugar al que asistimos y se convierte en una familia que vive para cumplir el propósito eterno de Dios. Una iglesia comprometida con la misión refleja el corazón de Cristo, quien vino a buscar y salvar lo que se había perdido.
Celebrar ser miembro de la iglesia significa reconocer que Dios nos ha confiado una misión que trasciende nuestra propia vida. No fuimos llamados solamente a recibir bendiciones, sino también a ser instrumentos para que otros conozcan a Jesús y experimenten Su amor. Cada oración, cada servicio, cada palabra compartida y cada acto de obediencia puede convertirse en una oportunidad para extender el Reino de Dios. Que nuestro mayor anhelo sea vivir como miembros comprometidos con la misión de Cristo, llevando el evangelio con nuestras palabras, nuestras acciones y nuestro testimonio, hasta que Él vuelva.
👉 ¿De qué manera estás participando personalmente en la misión que Cristo le encomendó a Su iglesia, y qué paso de obediencia puedes dar para involucrarte aún más en la expansión del evangelio?


